Hablemos de mi vigesimotercer amor imaginario del día
Era un sábado como otro cualquiera por cualquier calle de Madrid. Mis pensamientos iban flotando alrededor del vestido de raso que llevaba repleto de primavera en cada una de sus flores. Mis pasos estaban acompañados por la típica brisa fresca de una noche de verano. Tenía sensaciones muy diversas pero en mis ojos había tristeza y desilusión dibujadas en mis pupilas.
De repente, me encuentro contigo, querido novio de la adolescencia, con una americana a juego con unos pantalones gris y sus mechones rizados cayendo por la frente. Bajo su graciosa nariz apareció una sonrisa cuando nuestras miradas se cruzaron, yo todavía no era consciente de que esa noche iba a ser especial.
Sus pasos se pararon en seco y yo me dirigí hacia él disimulando como los latidos de mi corazón estaban acelerándose. Habló el aire y él suspiró mi nombre. En ese momento, mis latidos se pararon en seco y la respiración era cada vez más entrecortada. Una calle cualquiera de Madrid, dos almas, unidas en el pasado se vuelven a encontrar, solas sin ataduras, sin tiempo y con ganas.
Él era risueño, alegre, rubio, alto, tímido, protector, me abrazó, le abracé y sin darnos cuenta estábamos yendo a una terraza a ponernos al día y saber más de nuestras vidas.
Te pregunto qué hacías en esa calle, en ese momento, solo. Me respondes que encontrarte conmigo. Me río, nos reímos, hablamos del pasado, de nuestro momento. Nuestras vidas ahora quedan lejanas, sin quererlo, hemos viajado a otra vida, otro mundo. Nos cogemos la mano sobre la mesa, puedo respirarte, puedes sentir mi piel de gallina.
Caminamos por las calles de Madrid, vamos a un pub de Jazz, no a cualquiera sino al que he querido que me lleven desde que pisé por primera vez Madrid. Calle Huertas. Tú sabías que me encantaba esa calle, esas flores colgando de los balcones, la magia de ese lugar contigo cuando en un lejano pasado paseábamos cogidos de la mano y soñábamos con ser esas parejas que escuchaban jazz en directo cogidas de la mano.
Entramos y me llevas hasta una mesa libre. Vuelves a mirarme por enésima vez en la noche y bailamos juntos frente al escenario, mientras otros nos miran, abrazados. La ropa se ha deshecho y estamos piel con piel, te siento, me sientes, nos sentimos.
Jamás bailé así, jamás bailaré así nunca. Tu nariz le hace caricias a la mía.
La noche corre, no me había fijado en cómo el reloj podía marcar ya las 4 de la mañana. Caminamos por Madrid hasta desgastar los zapatos y llegamos a ese parque. Sabes qué significa ese parque para mí y yo sé que significa ese parque para tí. Sin querer hemos llegado, no queremos preguntarnos si recordamos ese lugar porque podría ser demasiado intenso, nuestras miradas vuelven a cruzarse y no hay duda: lo sabemos.
Ahí está nuestro banco, sigue la marca que hicimos en la madera ya carcomida por el paso del tiempo. Mi mano recorre tu tez y tus labios rozan los míos, mientras, la luz del sol recién despierto, hace brillar nuestros ojos, pero no importa porque nos abrazamos y las lágrimas empiezan a brotar de nuestros ojos. Nos hemos echado tanto de menos, pero aquí estamos, tú y yo, sin hablar de nada, entendiéndonos con la mirada.
Tienes que marcharte, a un lugar donde no podrás localizarme y ese lugar es la vida real, que por una noche nos ha dejado en libertad. No quiero hablar nunca más de tí, tú me olvidas, pero cuando vamos por esa calle de Madrid, nuestras almas sonríen.
Hoy has vuelto a salvarme la vida, hoy te he vuelto a salvar la vida.
Esta noche nos ha hecho volver a creer que el amor existe. Da igual las personas, el tiempo, las circunstancias, nos volvemos a ver y hacemos como que no ha pasado el tiempo, el amor es tan intenso, tan puro, que no hay nada que lo rompa.
Ojalá en alguna calle de Madrid, en algún momento.
A mi vigesimotercer amor imaginario del día.
Comentarios
Publicar un comentario